Ante tan fausta y poliédrica efemérides, quisiera hacer fluir una sonrisa en vuestro rostro, con la lectura de este simpatico relato que encontré años ha, en una web policial.

Publicado en por ME QUEDO BOBA

LA PILARICA

(ó lo que es lo mismo: "Fiesta en el Cuartel")

El próximo día 12 se celebra la conmemoración de la Virgen del Pilar, patrona de la Guardia Civil. En los días previos se organizan en el acuartelamiento comidas y bailes. El servicio se recorta y distiende en coordinación con los preparativos de tan señalado día. Así, durante unos días, los guardias civiles encargados de la limpieza, detrayéndolos de su función de seguridad ciudadana, se esmeran por dejar bien limpias las dependencias policiales; mientras los compañeros pintores sacan brillo a las paredes, puertas y ventanas del cuartel.

            Durante esta festividad, la disciplina se relaja un poco, el mando se relaciona de tú a tú con los subordinados e, increíblemente, se toman un vino juntos; pero, eso sí, el capitán advierte: "El guardia que me vaya de paisano a la Iglesia lo corrijo, todos de uniforme, con tricornio brillante y camisa blanca bien limpia. Porque la imagen -incluso por encima de la eficacia-, en la actual sociedad del marketing, es fundamental para mantener en alta estima el Cuerpo.

Ante estas instrucciones de la superioridad, los sindicalistas del cuartel, ofendidos, acuerdan en asamblea local no asistir a la homilía de la patrona de la Guardia Civil ni al banquete, porque consideran que es un abuso e ilegal que les obliguen a ponerse el uniforme para estos actos sociales.

            Al día siguiente, con el almacén del cuartel rebosante de dádivas, se inicia el análisis sobre el reparto interesado de las invitaciones a los vecinos del pueblo para asistir al convite en honor de la Virgen: "A Pedro el Panadero no le des invitación que nos cobra muy caras las magdalenas; a Fulgencio el del bar, al entregársela, dile que a ver si puede traerse una “cajica” de tinto a cambio del favor que le hicimos el otro día; a don Ignacio de Pinoalto, sí, porque pertenece a una familia de alta estirpe de la localidad...”, indica el sargento a sus guardias afines.

Llega el momento esperado. Los invitados, con el traje de los domingos, desfilan informalmente al son de la música militar que sale de grandes altavoces colocados en el interior del recinto donde esperan estupendos manjares. Los paisanos literarios de la demarcación, con voz desgarradora, dedican descarnados poemas al valor de los integrantes de la Benemérita. Las medallas yacen deslumbrantes sobre el pecho de los uniformes del escribiente y del conductor. La mujer del sargento, con la boca llena de salchichón, grita con voz chirriante: ¡Viva la Virgen del Pilar! ¡Viva la Guardia Civil! Los sindicalistas ni aparecen.

Los guardias de base miran de reojo y con cara de envidia la mesa que preside el mando y las autoridades locales. Ésta presenta un aspecto inmejorable, repleta de buen marisco y jamón y mejor vino. Poco a poco el “machaquilla” del suboficial trata de colarse disimuladamente entre este grupo de alta alcurnia, porque, aunque es un poco pelotilla y le gusta alternar con la nobleza del pueblo, también le apetece lo bueno. En este sentido, el guardia 1º, en otra mesa, mientras habla distendidamente con un invitado, va alargando el brazo, camufladamente, para coger las mejores gambas del plato y guardarlas en una bolsa de plástico que estratégicamente tiene ubicada en el bolsillo de la guerrera y que pasa desapercibido para todos los asistentes. En su línea, el caimán, con una cararedonda como un pan, presentaba un “lamparón” del aceite proveniente de la longaniza que devoraba sutilmente con dos dedos, mancha depositada involuntariamente a la altura del pecho sobre la camisa blanca, a modo de medalla nunca concedida.

Las personalidades del lugar se dignan a darte la mano con un gesto campechano que hasta ellos mismos desconocían en sí, aunque mañana si te veo no me acuerdo. Qué satisfacción contemplarlos tan felices, todos tan simpáticos y alegres, con una sonrisa de oreja a oreja, la chaqueta desabrochada y el nudo de la corbata medio deshecho, ante el deleite que produce tal comilona por la cara.

Pero siendo España una tierra de pícaros lazarillos, no podía faltar el guardia civil avispado y astuto, que no contento con este panorama ceremonioso y atento a la coyuntura generosa que ofrece el consumo de tres vasos de vino consecutivos, en un gesto altruista, aprovecha la ocasión y se pone a vender lotería de su asociación a los comensales para que indirectamente contribuyan a mantener la salud económica de su organización reivindicativa. “¿Lotería de la Guardia Civil?, dame, dame”, dice un desinformado comensal.

           Al día siguiente, una vez terminados los fastos del Pilar, vemos al escribiente y al conductor montando guardia en la oficina con la puerta entornada a la espera de que, procedente de su pabellón, salga el comandante de puesto y poder sugerirle que el almuerzo de hoy podía correr a cuenta de los alimentos sobrantes y almacenados en el cuartillo del que sólo tiene la llave este mando. Éste, cuando aparece, los mira con desagrado, les recrimina su gorroneo y les ordena con improperios que sigan trabajando. Los guardias enchufados, ante el reproche de su sargento, le piden perdón y continúan felices y resignados su trabajo. Eso sí, irán a la charcutería a comprar un poco de mortadela y un bollo de pan para almorzar esa mañana. “Tampoco es tan caro”, insinúa el condescendiente conductor.  

            Sale la pareja de servicio, con la cabeza como un tambor a consecuencia de las celebraciones del día anterior. Mientras recorren el pueblo, el guardia eventual pregunta abstraído: “¿Qué destino se dará a los alimentos y bebidas que no se han consumido durante la fiesta del Pilar?”. “Pues que algún roedor con galones –le aclara el veterano- se los llevará a su madriguera”.

 

 Pablo Gorka

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