El futuro quedó atrás
WWW.terceraopinion.net La madre de Cristina escuchó un “ahora vuelvo” y no le dio más importancia porque, tras pasar con su hija toda la mañana, esas palabras le sonaron, como siempre, a un regreso inmediato. Ambas se despidieron momentáneamente, porque en apenas una hora pensaban volver a encontrarse. Ninguna de las dos se dio cuenta de que aquella despedida sería definitiva.
Cristina dijo “ahora vuelvo” y se fue sin avisar con quién se iba, seguramente porque ni siquiera ella sospechaba que tenía una cita con la muerte. Y es que con 13 años nadie piensa en eso, entre otras cosas porque es algo que queda demasiado lejos.
Cuando la madre de Cristina se dio cuenta de que aquella niña que había salido por la puerta hacía unas horas -la misma que apenas unos años antes había salido de su vientre- estaba tardando en regresar, comenzó a pensar que ese “ahora vuelvo” ya duraba demasiado. Seguramente, en el mismo momento en que sus padres descubrían que la incertidumbre es el peor de los miedos, Cristina ya había dejado de existir: trece años de vida, esfumados en un instante.
Tras varios días -que debieron pasar como años- durante los que nadie se atrevía a confirmar las sospechas, durante los que la gente ofrecía esperanzas pero en realidad pensaba en desgracias, encontraron su cuerpo en el fondo de un pozo, junto a un móvil que seguramente había estado sonando sin descanso, bajo unas piedras que intentaban esconder el envase de un alma, que intentaban esconder las miserias del ser humano.
Cristina murió y con ella la posibilidad de cambiar el mundo, quizás no el de todos, pues eso es lo menos importante, sino el suyo propio. Desapareció sin tener la oportunidad de darle un beso a ese chico que le provocaba hormigueos en el estómago cada vez que lo veía, sin regalarle a sus padres aquel te quiero que cada mañana llevaba dentro, sin haber realizado ese viaje por París con sus amigas… Todo eso desapareció en un solo momento, después de un “ahora vuelvo“.
Y ahora, después de la muerte, es cuando aparecen las dos justicias. La primera, la de nuestra legislación, ésa que pone un precio de saldo a la vida humana: su asesina en apenas cinco años estará de nuevo en la calle. La segunda, la propia, la que surge del odio, la que hace pensar en el ojo por ojo, la que aparece cuando uno ya no tiene nada más que perder. Una justicia, esta segunda, que nunca sale adelante porque el dolor de la pérdida es siempre mayor que el de la venganza.
Y entre esas dos justicias y un “ahora vuelvo” que resultó ser falso, sobreviven ahora unos padres que van a tener un cilicio de por vida: pensar que podrían haber hecho algo para evitar el desastre.
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P.D.: Ustedes y yo, de aquí unos meses, nos habremos olvidado de esto. Es la diferencia entre que una desgracia así nos toque directamente o le ocurra a un vecino. En cambio sus familiares lo recordarán hasta el mismo día en que mueran, y eso es mucho tiempo. La verán en cada pensamiento, en cada parte de la casa, en cada palabra y sobre todo, la verán cuando, en medio de la noche, se despierten entre lágrimas con la esperanza de que todo haya sido un sueño.
Y aunque ustedes no lo crean, lo mejor será que siempre sigan viéndola porque de lo contrario… de lo contrario, el día que no recuerden su cara sabrán que de verdad la han perdido.
Siempre escribo los artículos con música de fondo, hoy me gustaría compartir con ustedes la canción que me ha acompañado. Si tienen cinco minutos les invito a que enciendan la siguiente canción y vuelvan a leer el post, quizás sientan lo mismo que he sentido yo al escribirlo:
Come back (Pearl Jam)
“He estado pensando en todo lo que te diría,
desde que te marchaste he estado deseando que los días pasen,
Y cada noche lo que espero es poder encontrarte en mis sueños,
a veces estás ahí y me respondes,
y al llegar la mañana podría jurar que estás a mi lado…
Donde quiera que estés
regresa”