REFLEXIONES EN LA ARENA LIX
LOS DOS VEINTITRES DE FEBRERO DE ESPAÑA.
¿Dónde estabas el 23 de febrero de 1981? Esta es la pregunta que más se ha hecho en estos días en la calle, en programas de radio, de televisión y en artículos de prensa, cuando se cumplen treinta años de aquel intento de golpe de estado que pretendía retrotraernos otra vez al Franquismo.
Pues bien, el que suscribe estas “Reflexiones en la Arena” ese lunes estaba en clase de Matemáticas en la Escuela de Magisterio de La Laguna y cuando salió de clase a las cinco y media se encontró con uno de los ordenanzas que colorado, sudoroso y con el transistor pegado a la oreja nos decía, “Chicos han asaltado el Congreso de los Diputados y se han oído disparos”. El ordenanza era sevillano y muy bromista, pero algo no encajaba en su aspecto, la corbata la tenía desanudada, algo inusual en él. Nos arremolinamos en torno a él, subió el volumen y pudimos oír la poca información que se transmitía. Como no tenía más clases, me fui a hacer autostop al Padre Anchieta y, afortunadamente, a los pocos minutos pasó un amigo y vecino. Por el camino escuchábamos la radio casi en silencio y a ratos hacíamos comentarios y al llegar a La Cruz Santa, me dijo: “¿Qué vas a hacer, Juan?”. “Esta noche no me quedo en mi casa, Alberto”.
Cuando llegué a mi casa mi madre, mi hermana y mi abuelo Juan Morales, emigrante en Venezuela, pero que por esas fechas estaba aquí, estaban escuchando la radio. Otra vez la misma pregunta: “¿Qué vas a hacer, Juan?”, preguntó mi abuelo. Misma respuesta: “Esta noche no me quedo aquí”. Me despedí y salí para San Agustín, donde había quedado con mi novia, hablamos un rato y otra vez la misma pregunta: “¿Qué vas a hacer?” Y la misma respuesta: “Esta noche no me quedo en mi casa”.
Si saber por qué me fui a casa de unos amigos gallegos, ella maestra y él cocinero, que vivían frente a la actual Casa de La Cultura. Allí esos amigos estaban pegados a la radio, mientras sus pequeños hijos jugaban o hacía la tarea. Poco a poco, y sin saber por qué, fueron llegando otros compañeros. Cada vez que sonaba el timbre pensábamos lo peor. La noche fue larga y la pasamos arremolinados en las literas de los niños, mientras estos dormían, inocentemente, en la cama del matrimonio. A media noche, éramos doce y la improvisada cena era una tortilla española, manises, aceitunas, vino tinto y la estrella de la noche, una botella de coñac “Napoleón” que Kike, el cocinero, tenía reservada para una gran ocasión. “¿Qué mejor ocasión que ésta, que estamos juntos?”. El primer brindis fue por la Amistad.
A medida que avanzaba la noche la incertidumbre crecía y nerviosismo también. A alguien se le ocurrió ir a la sala y encendió la televisión, que curiosamente estaba olvidada, “Dicen que va a hablar el Rey”. Venga todo el mundo para la sala y la botella de “Napoleón” también. Mary Luz, la maestra, nos animaba leyendo en voz baja poemas de Rafael Alberti, Antonio Machado, Federico García Lorca y Miguel Hernández. A la una y cuarto el Rey, vestido de Capitán General, inicia su discurso al país. Todo parece que se va a solucionar, pero la incertidumbre continúa y el “Napoleón” sigue bajando. Ya casi amaneciendo y cuando parece que la situación se calma, el último brindis es por la Libertad y la Democracia. Con los ojos hinchados y rojizos por la falta de sueño y dando algún que otro tumbo vamos saliendo de aquel piso al que sin saber por qué fuimos a acogernos.
Luego asistimos a la “rendición” de Antonio Tejero y a la salida de los diputados, representantes del Pueblo Español, que estuvieron secuestrados durante más de 15 horas. Y tras el susto inicial todo pasó a la normalidad.
¿Pero por qué se produjo ese intento de golpe de estado? España hace treinta años acababa de salir de una larga dictadura de cuarenta años y estaba sumida en una profunda crisis económica e institucional. Precisamente aquel 23 de febrero se debatía la investidura de Leopoldo Calvo Sotelo, tras la dimisión de Adolfo Suárez. Otro aspecto a tener en cuenta es que estaba en plena ejecución el desarrollo del organigrama territorial y, sobre todo, la influencia del Ejército, una institución reacia al sistema democrático.
Mientras los países europeos condenaron el intento de golpe de estado, causó perplejidad la posición de Estados Unidos, quien a través su Secretario de Estado, Alexander Haig, dijo que “El asalto al Congreso de los Diputados es un asunto interno de los españoles”. ¡Qué curioso!
Un año después se celebró el Juicio por este atentado a la democracia y la sentencia condenó a 12 militares, 17 guardias civiles y sólo a un civil, al falangista Juan García Carrés. Nunca se supo, o quizá si pero no se ha dicho, quien era el “Elefante Blanco” que se esperaba en el Congreso de los Diputados. ¿Algún día sabremos quien estaba realmente detrás de este asunto?
En este país también hubo otro 23-F famoso. Fue en 1983, cuando el Gobierno de Felipe González decretó la Expropiación de RUMASA, grupo de empresas fundadas por José María Ruíz Mateos en 1961. Hace 28 años RUMASA, agrupaba a 700 empresas con más de 60.000 trabajadores, facturaba 350.000 millones de pesetas (2000 millones de euros). Este grupo de empresas operaba en banca, hostelería, grandes almacenes, vinos, etc.
El gobierno del PSOE expropió RUMASA porque sus deudas eran escandalosas no solo con proveedores privados sino con instituciones públicas. A la Seguridad Social le debía 10.774 millones de pesetas y la deuda con Hacienda era de 19.300 millones de pesetas. Es decir, solo al Estado Español de debía más de 30.000 millones de pesetas. Ese día no había coñac Napoleón.
Veintiocho años después la historia parece que se repite, Nueva RUMASA, del mismo propietario, con parecidas empresas agrupadas y con parecidas actividades económicas, vuelve a tener problemas con proveedores y con instituciones públicas. Sus proveedores han presentado embargos que ya suman 45 millones de euros y a la Seguridad Social ya le adeuda más de cuatro millones ¿Veremos otra vez aquella famosa escena del “que te pego leches”?
Papanata de la Semana, pues precisamente José María Ruíz Mateos que va camino de la gloria, que vuelve a tropezar en la misma piedra. ¡Supermannnnnn!