LA EXTRAORDINARIA VIDA RURAL
Jesús Giráldez Macía - Canarias-semanal.com
Observemos los burros (los que están en el centro de la fotografía). Son dos burros de raza majorera, supervivientes genéticos de una especie adaptada a la penuria. Paulino, como buen mago, establece contacto amigable con uno de ellos. El burro se regaña con una mueca difícil de interpretar. Más evidente es el gesto del otro burro que gira el rostro en clara maniobra de disimulo: no quiere ser bendecido y le cede todo el protagonismo al burrito sumiso que parece más habituado a que lo toque un presidente. Pero no hay uno, sino dos. Presidentes. Ambos visten un sorprendente atuendo, una reformulación del sincretismo textil en desarmonía con el medio. Pantalones de tergal, mocasines, camisas de cuello que desprecian las corbatas, y dos relojes cuidadosamente a juego con los colores de los pantalones de tergal. Posiblemente la ropa sea de marca pero parece comprada en la tienda de toda la vida. De hecho, así visten los hombres de nuestra tierra de toda la vida. Una explicación nada despreciable para entender por qué esos presidentes barren en las encuestas. Son pueblo y, a pesar de vestir formalmente, se plantan en una gavia, saludan a sus congéneres, se remangan, sonríen. Bueno, para barrer en las encuestas también hace falta que un momento tan trascendental quede inmortalizado. Como Kruschev zapateando en la mesa de la ONU, como Amstrong pisando la Luna, como Abebe Bikila corriendo descalzo en la noche de Roma, los mocasines presidenciales dejaron su huella en las gavias. Y allí estaban las cámaras.
Las cámaras registraron también este momento de gran dramatismo: Paulino luchando contra la fuerza centrífuga. La pose del Pesidente denota un gran esfuerzo por reconducir una situación que, por momentos, parece que se le va de las manos. En estas ocasiones es cuando se distingue a un líder. El Presidente, a pesar de la crisis, sonríe y no afloja el pulso. El desbocamiento no es culpa suya. Si observan con detenimiento y ejercitan la memoria reconocerán que el burro díscolo, el que no se dejaba tocar, es el que gira violentamente y baja la cabeza, como buen burro. Más a la izquierda el hombre del campo se parte de risa, pero sin faltar. Pero este es solo el final de la secuencia fotográfica. Sabemos por los archivos que instantes antes (obsérvese el surco) la yunta se dirigía hacia el nuevo patrón-mercancía de la república ultraperiférica: las montañas, a ser posible majoreras. Las del fondo son las de Tetir, pero podían ser las de Tindaya, Tebeto, o Montaña Rayada. Si se fijan bien, achinan los ojos y leen alguna sentencia, se percatarán de que las siluetas del fondo no son, en realidad, montañas, sino dinero fosilizado esperando ser corrompido. Tienen la potencia del imán e invitan a la yunta a tirar pa’ ellas mientras Paulino, ajeno a cualquier sospecha, vira con ademán grácil hacia el lugar que importa en esos cruciales momentos: hacia donde están las cámaras.
Esta es una composición lograda, simétrica, simbólica. El gabinete de imagen del Presidente acertó de pleno porque el punto de fuga se concentra en las montañas. Aunque el espectador piense que contempla personas, en realidad su inconsciente penetra en las montañas. Y ya se sabe, la suma de los subconscientes individuales conforman el subconsciente colectivo. Por algún extraño mecanismo neuronal esta foto recuerda al cartel de Novecento. Y, como en Novecento, en esta foto la fuerza intergeneracional avanza irremediablemente construyendo el nuevo mundo, pero, en este caso, hacia atrás. Vuelvan a observar detenidamente la fotografía, aplíquenle el efecto moviola y verán cómo, efectivamente, Paulino y compañía regresan al pasado. También habrán comprobado que al séquito presidencial se han sumado algunos actores involuntarios (niños sacados de un colegio) y otros voluntarísimos: el Alcalde de la capital majorera y dos consejeras del Cabildo. Lo del Alcalde es normal (de hecho fue visto y fotografiado en otros actos a la misma hora en diferentes sitios) y se tomó la molestia de ponerse el traje de faena presidencial para no desentonar. Lo de las consejeras es más preocupante. Sus competencias son las de Medio Ambiente e Infraestructuras (dos áreas complementarias) y las de Deporte y Caza (sic). Solo encontramos una explicación a su presencia por alguna misteriosa cuota de paridad.
Es, en cualquier caso, un acto emotivo, consciente y cuidadosamente diseñado. Cinco políticos de gran responsabilidad han dejado por un tiempo sus quehaceres (algunos volando desde Tenerife) para sembrar el futuro, para escenificar que los recortes presupuestarios se pueden paliar con estrategias novedosas, para demostrar a los niños manipulados de la foto que los días que su maestra esté de baja, que los días que las montañas corruptas impidan ponerle una sustituta, ahí tendrán a las gavias, a los burros, a las semillas y a sus fieles amigos los políticos. Y allí estarán, como no, nuestros intrépidos informadores autóctonos, jugándose la piel con el reportaje de sus vidas, ejercitando el periodismo de investigación, testimoniando con fidelidad lo que realmente le importa a la población: esa romería permanente, con olor a rancio, a cagada de burro y a corrupción.
