Héroes y necios en el infierno palmero
Andrés Santos es un panadero de 64 años que trabajaba de madrugada la noche que el incendio asedió Tigalate, mientras el fuego avanzaba hacia su casa. Cuando les alertaron de lo que ocurría, todos los vecinos, incluso su familia, huyeron. Pero él se quedó.
LEAL COELLO | SANTA CRUZ DE TENERIFE
Desde la panadería, corrió a su casa a alertar a su familia. Una vez con ellos, todo fue confusión. "Se escuchaban las sirenas, la gente, pero yo no sabía quién nos avisaba. Sólo sé que oía voces que gritaban que nos fuéramos". Su familia obedeció sin pensar, pero Andrés, ya resabido en esto de incendios, sentía que no se podía marchar. No es el primer fuego que se cruza con él. Las llamas habían amenazado su casa en otras dos ocasiones, y en todas, se quedó. Sin embargo, asegura, "esta vez fue diferente".
Sin sospechar la intensidad del incendio, Andrés hizo lo mismo que había hecho antes, y se quedó para defender lo que era suyo. "La casa no se puede abandonar", afirma tajante, "las autoridades no lo entienden, y la gente tampoco, porque si se hubieran quedado, muchas se hubieran salvado". Hizo caso omiso de los gritos de su mujer, que le rogaba que se marchara con ellos, y allí permaneció, durante las dos horas en las que el fuego volvió a pasar por su vida.
A Santos no le tiembla la voz cuando se le pregunta sobre el peligro que corría, "uno sabe hacia dónde tiene que correr. Hay una salida segura, y ésa es el volcán". Cuenta que, a pesar de los nervios, "uno planea la huida una vez decide quedarse, porque hay que tener fe en que se puede escapar".
Y entonces empieza el "infierno". Caos, sonido de sirenas y angustia. Andrés no veía nada, sólo corría e intentaba evitar lo que parecía inevitable. Hacía dos meses que este panadero de 64 años se había comprado una manguera para lavar su coche, porque "me gusta tenerlo limpio", reconoce. Quién le iba a decir lo infinitamente útil que iba a llegar a ser.
Confiesa que "casi se me salen las lágrimas cuando me di cuenta de que una de las ventanas de mi casa comenzó a arder. Entonces pensé en la manguera, y corrí fuera a buscarla. No sé ni cómo recordé que la había comprado". Andrés pudo apagar el fuego de la ventana, pero la pesadilla continuaba. "Pensé, un poco tarde, en mis cuatro perros". Estaban encerrados en una perrera cerca de la casa, atrapados. "Cuando abrí la puerta, uno salió por sí mismo, pero a los otros tres los tuve que sacar y meterlos en casa". De repente, una chispa saltó cerca de un coche. "Tenía la puerta abierta, y salí a moverlo. Una vez dentro, me di cuenta de que no tenía las llaves, así que quité el freno de mano y lo pude mover. Más tarde comprendí que tenía las llaves dentro de casa, pero, cómo pensar nada en ese momento".
Andrés puede considerarse afortunado. Relata que cuando ya estuvo controlada la situación, se quedó sin agua. Otros dos vecinos hicieron lo mismo que Andrés, y se quedaron a proteger sus casas. "Uno de ellos se acercó a ayudarme cuando ya tenía controlada la situación. Después me contó que ni caso le hice, porque, sinceramente, en ese momento ni le entendí, de lo nervioso que estaba".
Héroe para muchos y necio para otros, lo cierto es que Andrés se quedó para defender lo suyo, y al final, lo consiguió.
No era la primera vez que lo hacía; otros dos incendios habían amenazado antes su casa en Fuencaliente, y él no quiso abandonar su hogar en ninguna ocasión. "Pero esta vez fue diferente", asegura, "porque aquello parecía el infierno".Andrés Santos trabajaba, como todo panadero, de madrugada. A partir de las doce comienza su jornada laboral en Fuencaliente, entre harina. Esa noche, a las dos de la mañana, un vecino corrió a avisarle de que había fuego en un barrio cercano, en Tigalate. Se acercó a la puerta y se quedó atónito ante lo que vio. A lo lejos, el fuego se acercaba con rapidez hacia la casa que tanto esfuerzo le había costado levantar.