Tiempo de memoria
El pasado fin de semana he escuchado en la radio una entrevista a Carlos Fonseca sobre su última novela -“Tiempo de memoria”- en la que desarrolla una ficción histórica basada en un hecho real. Se trata de la conspiración urdida por un joven cabo del ejército que pretendió atentar contra Franco en los inicios de la sublevación militar, pero que no pudo llevarla a efecto porque fue delatado, encarcelado y, al poco tiempo, fusilado.
Durante la entrevista entró en antena una descendiente del intrépido cabo que agradeció al escritor su novela, por lo que ésta ha supuesto de reivindicación del nombre de su familiar y de compensación gratificante por los largos años en los que toda su descendencia fue estigmatizada por la sociedad durante la dictadura franquista.
Este joven que pretendió cambiar el rumbo de la historia y que sólo consiguió modificar drástica y definitivamente el de su propia existencia, se llamaba José Rico. Exactamente igual que uno de mis abuelos; el que fue fusilado en Paracuellos unos pocos meses antes que él. Dos víctimas de una misma confrontación cainita pero que tuvieron, y aún tienen, reconocimientos radicalmente distintos en función de su pertenencia a una u otra de las facciones enfrentadas.
El 9 de septiembre del año pasado, en plena discusión sobre la estricta aplicación de la Ley de la Memoria Histórica, que algunos consideraban, y siguen estimando, de forma negativa porque dicen que reabren viejas heridas ya cicatrizadas, escribí un artículo en este mismo periódico titulado “La herida abierta”. La sobrevenida coincidencia, para mí, del nombre del cabo fusilado con el de mi abuelo y el deseo de que siga permanentemente viva la memoria de aquellos que continúan, después de siete décadas, siendo tan cruelmente recordados por una parte de las Instituciones y de la sociedad, me ha impulsado a reproducir un extracto de aquel artículo:
“A pesar de los años transcurridos tengo una herida abierta en mis entrañas que sigue manando deseos de justicia. Algunos dicen que hay que mirar al futuro y no reabrir las heridas del pasado, pero es que la mía nunca se ha cerrado. 
Mi abuelo materno, que se llamaba José Rico, fue asesinado recién iniciada la guerra civil en Paracuellos del Jarama. No obstante, al término de la contienda tuvo todo el reconocimiento del nuevo orden impuesto por las fuerzas sublevadas y a mi abuela le fue concedida, incluso, una administración de loterías en su condición de ‘viuda de guerra’.
Durante mi niñez establecí una relación de profunda animadversión con un chico de mi edad. Su abuelo también había sido víctima del último enfrentamiento entre españoles. Pero con una sustancial diferencia: su abuelo había pertenecido al otro bando y no había sido asesinado, como el mío, sino ajusticiado por traidor a la patria en cumplimiento de una sentencia dictada por un tribunal sumarísimo. Cuando le veía el odio se adueñaba de mi voluntad y mi comportamiento hacia él era todo lo cruel de lo que es capaz una mente infantil que carece de los amortiguadores de la conducta que aparecen con la edad.
No me acuerdo del nombre de mi pequeño enemigo y no he sabido nada de su vida desde que salí del pueblo, al que sólo he vuelto de forma esporádica, pero la deuda que tengo contraída con él por el odio sin sentido que le profesé sólo se saldará con el reconocimiento que se les debe a todos aquellos que durante tantos años sufrieron el desprecio de la sociedad porque ellos, o sus familiares, habían sido leales a una digna causa y la defendieron aún a costa, en ocasiones, de sus propias vidas. Las heridas no se reabren cuando éstas no han sido debidamente cerradas.”
¿Por qué durante más de tres décadas, después de la restauración de la democracia, se ha negado al cabo José Rico, el reconocimiento que sí tuvo mi abuelo? La deuda contraída con aquellos “José Rico” que fueron víctimas “vergonzantes” durante el anterior régimen criminal, se ha ido transmitiendo de generación en generación y sigue tan viva como lo estaba al día siguiente de la muerte del dictador. Una deuda no saldada que se encuentra oculta bajo la tierra en las cunetas o grabada con dolor heredado en el corazón de sus descendientes.
Nunca será tarde para ser el momento del merecido resarcimiento, nunca será tarde para ser tiempo de memoria.
Gerardo Rivas Rico es Licenciado en Ciencias Económicas